martes, 10 de diciembre de 2013

La amasadora del Museo de Grandas



Valdeferreiros es la capital de la parroquia de los Coutos, en Ibias. Allí, desplazándose como unos 600 metros al suroeste, se halla la casa de Perdigueira en la que adquirí una amasadora de la que contaré aquellos aconteceres que me llevaron a conocer el lugar y su estado.

Como es sabido, en el Museo Etnográfico de Grandas se realizaban todas aquellas actividades que un día fueron trabajos propios de esta comarca. Y digo esta comarca, aunque en realidad se llevaban a cabo en todo el país, y fueron desapareciendo paulatinamente, desde principios del siglo pasado. Resalto esto así, porque en las zonas rurales donde se conservó fue como medio de subsistencia, por pura necesidad.

Allá a finales de la década de los noventa y principios de este sacrificado siglo, se llevaron a cabo varias obras en el Museo. Entre ellas la construcción de un horno para cocer pan. Al principio, amasaba la harina con mis manos, pero a medida que mis vértebras lumbares (cuadriles) se resentían, pensé en recurrir a un medio mecánico para la labor. Anduve por diversos lugares,  según oía la existencia de viejas amasadoras. No recuerdo ahora la fecha en que una torrencial y desmesurada avalancha de piedras, árboles y agua provocaron que el regato de la curva, en San Antolín de Ibias, se llevara la pared de la panadería,  arrasando a su paso la parte delantera por la que salió el mobiliario, y creo que entre él, la amasadora, que,  aunque antigua, no lo era lo suficiente para ser instalada en el Museo, pero gracias a esas visitas se me facilitó la información sobre la que aquí nos ocupa. Ésta era de fabricación catalana, e igual en la forma pero de menor tamaño que la de la panadería de José Antonio. Podríamos hablar de aquel destartalado armatoste, pero nos desviaríamos del tema.

En el caserío de Perdigueira se hallaba la amasadora. A unos sesenta o setenta metros de la casa, en una finca semienterrada, se encontraba aquella máquina que después de un desilusionante reconocimiento, esperaba hacerla trabajar de nuevo. Al desmontarla para su restauración y funcionamiento, mostró que su columna central y algunas partes más estaban totalmente carcomidas por la sal que se añadió al agua de amasado durante tantos años. Entre esas partes  estaba el piñón de engranaje con la cuba de amasado. Estas anomalías o desgastes y su mal estado en general, a pesar de haber sido dotada con un nuevo piñón facilitado por Luis Otero Castaño, no permitieron un resultado satisfactorio. Por lo tanto, aquella amasadora marca Turu, fabricada por Juan Turu, en Tarrasa, pasó a formar parte de la exposición “virtual”, que en el muro del banzao [1]del molino, figura para mostrar algunos útiles de la elaboración del pan. Considero bien empleadas las cincuenta mil pesetas más el porte que hube de pagar por el inservible aparato que, aunque no cumple su función, sí es representativo.

Amasadora antes de la restauración.
Hoy, en el horno habilitado para este fin en el Museo, lo único que llegó a cocer fueron torpes ideas, pese a estar dotado de una buena amasadora donada por Miguel Álvarez Magadán.

Otro hecho que también debo resaltar es que el día que nos trasladamos a  ese lugar lo hicimos por la carretera-pista que va a Negueira de Muñiz, Lugo. El camión que usamos para tal fin, tenía instalada una pluma que prestó el servicio de elevar la campana hasta la espadaña, en la Capilla de la Virgen de la Vega, en Seira, cuyo oficiante religioso es el cura de la parroquia de Negueira y otras, Don Ramón, al que conozco y aprecio, y por lo tanto, me alegro de aquel momento coyuntural.

Otro dato, aunque da la impresión de que se juntan churras con merinas, es que en aquella casa había un gran hórreo, casi como una panera. Estaba este cubierto de paja, pero presentaba cierto estado de ruina. Ruina que no es de extrañar, pues su propietario se había dirigido a la Consejería de Cultura solicitando su traslado, dado que el lugar que ocupaba bajo la casa, en el que entre ésta y su emplazamiento (llámese pegollo), podía pasar el carro holgadamente, pero no así un tractor de gran tamaño. Así que aquel mueble estorbaba, pero Cultura, aplicando la torpe ley que prohíbe mover una sola paja, motivó el abandono del mismo. Con esto, y algo de tiempo, el deterioro haría paso suficiente. Espero que fuese sólo el tiempo, pues por accidente, la carga o la rueda de un aparato mecánico, podrían adelantar su calamitoso estado.

Se puede decir que el hórreo era portentoso, pero lo fue también el hecho que en su interior hallé, medio cubiertas de paja, cuatro colchas blancas con una modesta decoración. No es necesario decir que, auque  quedaron en la casa las mejores, yo me di por satisfecho al poder llevarme las otras dos como regalo de la propietaria, por haberles librado de aquel montón de chatarra, como denominaban la amasadora.

Al comenzar a describir los fondos recogidos en uno y otro lugar, recuerdo pequeñas anécdotas que, aún ahora, sentado a esta mesa desde la que escribo estos relatos, me emociona agradablemente el trato recibido de aquellas gentes que,  en algunos casos, de nada me conocían.

En la Porteliña solía parar un rato con Vicente, un gran artesano de la cuchillería, que además era el propietario del Mazo da Porteliña. Si visitabas el mazo, te dabas cuenta que allí trabajaba un artista, que completaba su arte con la conservación de aquel vetusto ingenio; que a pesar de su antigüedad, seguía golpeando el hierro. El retumbar de sus golpes no dejaba a nadie indiferente; parecían salir del centro de la tierra. En el taller que Vicente tenía en su casa, siempre te encontrarías con cuchillos, navajas y todo aquello que era propio de un buen ferreiro. La afabilidad de Vicente era extrema. Su delicada conversación en un tono siempre de voz baja. ¡Qué lástima cuando Vicente te contaba aquellos, para él, secretos del temple, no haber pasado allí más horas con aquel artesano! En fin, Vicente era un ser excepcional, y digo era , porque el hombre, debido a su longevidad, ha entrado en ese periodo senil y ya nada recuerda; aunque según su sobrino Cancelos, de Fonsagrada, todavía tiene esa pizca de picardía que lo caracteriza.

Vicente, tú para mí no eras: serás ese gran hombre del que se siente uno orgulloso de tratar.

Haxa salú







[1] Cubo

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